Hay momentos en los que escribir sobre cualquier otro tema parece imposible. Los últimos artículos de este espacio estuvieron dedicados a acontecimientos que, por distintas razones, captaron nuestra atención y nuestras emociones. Primero en mundial de Futbol, y ahora, la reciente tragedia que aún golpea a Venezuela, por esto, siento necesario hacer una pausa antes de seguir adelante.
No para analizar, señalar responsables o volver sobre viejas discusiones. (este no es el espacio) Simplemente para reconocer el dolor de quienes hoy enfrentan una nueva adversidad y, al mismo tiempo, recordar algo que nos define como venezolanos: la capacidad de seguir adelante incluso cuando la historia parece empeñarse en ponernos a prueba.
Muchos de nosotros hemos atravesado, en mayor o menor medida, algunos de los episodios que marcaron las últimas décadas del país. El Caracazo de 1989, los acontecimientos de 1992, los sucesos de abril de 2002, los años de protestas y escasez, el apagón nacional de 2019, la pandemia que transformó al mundo en 2020, situaciones internacionales que también generaron incertidumbre, y ahora esta nueva tragedia provocada por los terremotos. Son apenas nombres y fechas, pero detrás de cada una existen historias personales, pérdidas, despedidas, aprendizajes y cicatrices.

Quizás por eso tantos venezolanos terminamos repartidos por el mundo. No todos salimos por las mismas razones, pero compartimos algo: la experiencia de mirar hacia nuestro país desde la distancia, con preocupación, nostalgia y esperanza. Porque la distancia geográfica no logra romper los vínculos que nos unen a nuestra gente, a nuestras calles, a nuestros recuerdos y a quienes siguen allí resistiendo cada dificultad.
Ser migrante también significa aprender a vivir con una parte del corazón en otro lugar. Significa celebrar los pequeños avances, sufrir las malas noticias y mantener intacto el deseo de volver a abrazar a familiares y amigos en una Venezuela que encuentre finalmente tiempos más tranquilos.
Hoy quiero expresar mi solidaridad con todos los afectados por esta reciente tragedia. Y también mi admiración por esa resiliencia silenciosa que tantas veces ha permitido a los venezolanos levantarse después de cada golpe.
Con esta reflexión quería cerrar esta semana, y necesitaba desahogarme luego de ver tantas noticias y hablar con mucho de mis amigos y familiares, No porque sea menos importante, sino porque la vida, como siempre, continúa. Los próximos artículos abordarán nuevos temas, nuevas ideas y nuevas historias. Pero sería imposible seguir adelante sin detenernos un momento para reconocer lo vivido y recordar que, incluso en los tiempos más difíciles, la esperanza sigue siendo una de nuestras mayores fortalezas.
Hasta el próximo artículo.
